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  • Team Los Cabos Film Festival

Directoras en el cine mexicano. Valentía, resiliencia y fuerza

El 8 de marzo se conmemora en todo el mundo la lucha de la mujer por su emancipación, inclusión y desarrollo pleno en todos los sectores de la vida pública (laboral, educativa, política, social) y privada (independencia económica, igualdad de deberes/obligaciones, libertad en la toma de decisiones, etc.), sin embargo, cada una de estas ramas es tan específica que amerita esfuerzos propios que, en ocasiones, necesitaron décadas para lograr la apertura de la mujeres.


Mimí Derba, la tigresa

La mujer ha estado presente en las historia del cine mexicano desde su nacimiento, es cierto, pero fue en actividades propias de su sexo, dirían los antiguos: maquilladoras, peinadoras, secretarias, asistentes, vestuaristas y por supuesto actrices. No obstante, hubo un puñado de mujeres que a contracorriente lucharon por poner su primera piedra en un oficio no sólo difícil, sino hasta mal visto en ciertos estratos sociales del México a inicios del siglo XX.


Mimí Derba, una de las vedettes teatrales más reconocidas del México revolucionario y fanática de las divas del cine italiano de la época, decidió asociarse artísticamente con el cinematógrafo Enrique Rosas (futuro director de la emblemática El automóvil gris, 1919) para fundar la productora Azteca Films en 1917.


El ánimo de Mimí Derba la llevó a ser productora, actriz, guionista de dos de las cinco películas producida por Azteca y a convertirse en la primera mujer cineasta de nuestro país dirigiendo La tigresa (1917) que, a decir por la nota de Hipólito Seijas publicada en El Universal el 28 de agosto de 1917 (un día después de su estreno), “fue otro triunfo de Rosas-Derba” pero, a pesar de ello, Derba y Rosas darían por terminada su aventura como productores al cerrar, en 1919, Azteca Filmes.



Más pioneras por redescubrir

Injustamente poco conocidas, Adriana y Dolores Elhers, hermanas fotógrafas veracruzanas, fueron las primeras realizadoras nacionales en tener una preparación formal al estudiar cinematografía becadas por Venustiano Carranza en los Estados Unidos. Afortunadamente, los nombres de ambas son cada vez más citadas en la historia del cine documental mexicano como pioneras del género, al haber realizado un puñado de títulos entre 1920 y 1921.

También documentalistas fueron la otrora actriz Elena Sánchez Valenzuela, impulsora también años después del concepto de la preservación sistematizada del cine mexicano. Otro caso, aunque posterior, pero relacionado con el cine silente, es el de Carmen Toscano, creadora de ese monumental fresco revolucionario llamado Memorias de un mexicano (1950), a partir del montaje del material filmado por su padre, el pionero Salvador Toscano, en la linea de batalla de la Revolución Mexicana.


Por su parte, Cándida Beltrán Rincón escribió en 1914 (a los dieciséis años de edad) el drama El secreto de la abuela, película autofinanciada que sólo pudo realizar hasta catorce años después, en 1928, siendo su única película dirigida y última del cine silente mexicano realizada por una mujer.


Con una industria en contra

Fue hasta 1935 que la célebre actriz Adela Sequeyro codirigió con Ramón Peón, aunque sin crédito, Más allá de la muerte. Dos años después, en 1937, debutó formalmente como realizadora con La mujer de nadie y al año siguiente dirigió Diablillos del arrabal, convirtiéndose en la primera realizadora de ficción del cine mexicano en poder filmar más de una película.


Sin embargo, es el caso de Matilde Landeta el que mejor ejemplifica el panorama oscuro y a contracorriente en una industria dominada por hombres. Continuista y asistente de cineastas como Emilio Fernández, Julio Bracho o Roberto Gavaldón, Landeta adquirió la experiencia necesaria para dar el siguiente paso: la puesta en cámara en 1948 de su filme debut, Lola Casanova.


Su ingreso al cine mexicano industrializado fue difícil: debió hipotecar su casa, vender su auto y otras propiedades para poder fundar su propia compañía, Tacma S.A. Contra viento y marea, Landeta comenzó a consolidar una carrera con sus posteriores La Negra Angustias (1949) y Trotacalles (1951), todas ellas historias de mujeres desde distintas perspectivas.


Guionista de su propia obra, en vez de filmar “Tribunal de menores” accedió a vender su guion a Alfonso Corona Blake, quien cambió ese título por El camino de la vida (1956) eliminándola de los créditos. Matilde Landeta interpuso una demanda que ganó, manteniendo su nombre como guionista, pero lejos de ser un triunfo, el incidente se convirtió en su puerta del salida de la industria del cine mexicano al impedirle volver a dirigir una cinta.


Ante la brutal e inexplicable repercusión, Landeta se autoexilió en los Estados Unidos, donde continuó como guionista. Sólo volvió a dirigir un largometraje en México, cuatro décadas después, Nocturno a Rosario, en 1991, contando ya con casi 80 años de edad.



Hacia una apertura

El cine mexicano de los años setenta vio consolidarse a una nueva generación de realizadores cuyo nombre se convirtió en garantía de calidad dentro y fuera de nuestras fronteras: Ripstein, Fons, Cazals, Hermosillo… y Marcela Fernández Violante, primera realizadora mexicana egresada de una escuela de cine (primera generación del CUEC) y única en lograr una carrera constante dentro de una industria que, poco a poco y quizás a su pesar, abría sus puertas.


El cine de la maestra Fernández Violante viajó por el extranjero desde su debut con De todos modos Juan te llamas (1974), pisando festivales como los de Nueva York y La Habana. Su segundo largometraje, Cananea (1978) resultó premiado en Karlovy Vary; su arriesgada Misterio –adaptación de la obra de teatro Misterio en el estudio Q, de Vicente Leñero– obtuvo ocho Arieles en México y En el país de los pies ligeros (1981), el premio a la mejor película infantil de la Berlinale en 1983.


Vivíamos el inicio de un reconocimiento por parte de la crítica nacional y extranjera, pero también del público mexicano que pronto conoció el punto de vista de nuestras mujeres cineastas, creadoras que supieron llevar el timón de su obra a través de unas aguas aún no del todo tranquilas, pero lo suficientemente estables para hacer que nombres como los de María Novaro, Guita Schyffter, Marise Sistach, Dana Rotberg, Busi Cortés o María Elena Velasco, se consolidaran en las décadas de los años ochenta y noventa.


La consolidación es hoy

Nuestro panorama es otro. El siglo XXI ha normalizado que una mujer esté al frente de una producción cinematográfica como realizadora, productora, fotógrafa, guionista y en pocas palabras, en cualquier papel que quiera asumir, porque la capacidad creativa, la sensibilidad artística y el empeño laboral está ahí, presentes sin importar el género.


Durante las dos recientes décadas hemos escuchado y celebrado el empoderamiento de directoras que viajan por el mundo presentando una obra sólida y sobre todo, continua. Los problemas que enfrentan para levantar sus proyectos siguen estando ahí, no lo podemos negar, pero queremos pensar que son los mismos que enfrenta cualquier varón al intentarlo, y que en la actualidad, su condición de género ya no es privativo para poder sacarlo adelante. Suelo parejo, nada más ni nada menos.


El epílogo (que podría ser un prólogo)

Valga recordar con emoción que 2017 se convirtió en un año icónico para el cine hecho por mujeres en nuestro país, cuando Tatiana Huezo fue anunciada el 11 de julio como la ganadora del premio Ariel a la Mejor Dirección, por su documental Tempestad.


Tuvieron que pasar 70 años, siete décadas de trabajo, de caminos surcados por el constante ir y venir de un puñado de mujeres decididas que a golpe de esfuerzos, en la mayoría de los casos solitarios, abrieron un resquicio para que hoy, toda cineasta sepa que su obra vale tanto como la de cualquier colega.


Ya sabemos que un premio no valida el trabajo, el esfuerzo ni discurso de una vida de constante lucha. No es el final del camino, ni tampoco el principio, pero si fue el momento en que los reflectores se dirigieron, por fin, a donde antes sólo hubo oscuridad.


Reconocer el trabajo de todas las mujeres involucradas en las diferentes ramas del quehacer cinematográfico es una tarea importante para el Festival Internacional de Cine de Los Cabos. Es así que en su edición 2019 el Festival le dedicó a Tatiana Huezo su programa Spotlight, además de lanzar ese mismo año la iniciativa Mujeres Fantásticas, que hace un llamado a fortalecer la inclusión de las mujeres en la industria fílmica. Dicha iniciativa se fortaleció con la presentación del panel Miradas Extraordinarias, donde se contó con la participación de tres reconocidas cinefotógrafas, quienes compartieron con los asistentes su experiencia detrás de las cámaras.

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