• Los Cabos Film Festival

La insoportable eternidad de A Ghost Story

Actualizado: 8 de oct de 2019


Por: Lalo Ortega

“Todos morimos”, comienza una cita de Chuck Palahniuk. La muerte es, al mismo tiempo, una de las certezas indisputables y uno de los misterios más grandes de la existencia humana. También es tan dolorosamente inevitable como es súbita, como aprendí – por medio de eufemismos suavizantes – cuando me explicaron por qué mi maestra de preprimaria no regresaría a trabajar.


Qué sucede cuando “nos vamos al cielo”, “nos adelantamos” o “nos vamos a un lugar mejor” es, paradójicamente, la pregunta sin respuesta que ha regido nuestras vidas a través de las épocas y las culturas. Para algunos, la muerte es un final tan definitivo como apagar la luz de nuestras almas y conciencias. Otros afirman la existencia de un “más allá”, desde el mictlán al valhalla y el paraíso abrahámico. El significado de la muerte, y el valor de la vida respecto a ella, es un tema que se presta para reflexiones tan serias como profundas e inabarcables.


Entonces llega David Lowery, le arroja una sábana en la cabeza a Casey Affleck – o no: realmente podría no tratarse de él, y tampoco importa – e intenta llevarnos por un cósmico viaje por la existencia universal en los 92 minutos de A Ghost Story (2017).


Lowery busca encajar la eternidad en tan brevísimo tiempo fílmico, primero, al hacernos experimentar su tedio. La repentina muerte del protagonista (Affleck) desencadena una serie de secuencias en las que los planos distendidos, acompañados de un diseño de vestuario cuyo ingenio y ejecución son propios de un Halloween sin presupuesto, lo convierten en la proverbial alma en pena. La cámara nos obliga a presenciar, junto con él, pedacitos de eternidad: el tedio de una existencia en la que no puede intervenir, y que no tiene más remedio que contemplar.


El ejemplo más citado de todo el filme: cuando el fantasma, al fondo del encuadre y difuminado por la poca profundidad de campo, mira a su esposa (Rooney Mara), comerse un pay entero, en un atracón motivado por la depresión. Somos, como él, forzados a mirar los cuatro minutos completos del acto, sin cortes ni movimientos de cámara, hasta que Mara mete la cabeza en el inodoro. Es en secuencias como ésta que Lowery logra, en cierta medida, convertir el hastío ante la pantalla, en la desesperanza de una condena al purgatorio en la Tierra. El fantasma es testigo, en adelante, de cómo su esposa se enamora de alguien más, abandona para siempre la casa en que ambos vivieron, y cómo ésta es habitada por nuevos inquilinos que poco o nulo interés tienen en lo que en ella trascendió.


Es en este punto que Lowery opta por la elipsis en dosis de tiempo cada vez más vastas, intercaladas con anécdotas ocasionales que nos anclan en cada uno de los episodios vagamente delimitados. Tal como nuestras rutinas terrenales, en la que los lunes tienden a ser indistintos de los martes, el montaje hace uso del corte directo y evita las disolvencias, para que el paso de un lustro o década al siguiente se perciba tan banal como cualquier parpadeo. Nada permanece en esta eternidad, un hecho que no somos lo suficientemente longevos en la realidad para presenciar – y comprender – en carne propia. La figura fantástica de un fantasma se vuelve necesaria para explorar un concepto de tal magnitud.


“El objetivo no es vivir para siempre, sino crear algo que sí lo hará”, dice el resto de la cita de Palahniuk. La tesis de A Ghost Story, podría decirse, yace en desmentir dicha máxima. Su guión lo hace con cierto grado de torpeza, en una instancia de excesivo diálogo en un largometraje que se distingue por casi nunca emplearlo.


Hacia la mitad del filme, la casa es el escenario de una fiesta, en la que un personaje (Will Oldham) pregona sobre la inevitable impermanencia de todo lo que existe y existirá. “Hacemos lo que podemos para perdurar”, argumenta, y procede a explicar el destino final de cada novela, sinfonía, monumento, de esta película, de esta crítica de la película. “Tus hijos morirán, y sus hijos morirán, y así sucesivamente”. La humanidad, como cada uno de sus individuos, es frágil. Su final, tal como el personaje de Affleck, está a solo un súbito cataclismo de distancia. Incluso si nuestra especie subsiste y se expande por el universo, éste está condenado a colapsar dentro de miles de millones de años. Cuando todo está predestinado a la nada, ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el sentido de cualquier cosa?


Quizá no exista vacío más oscuro que el provocado por un nihilismo tan absoluto. Y como humanos, atados a una vida que fluye hacia delante en el tiempo, esta conciencia no serviría para más que aquejarnos con una pesadez fatalista y una persistente melancolía por el pasado. Para su fortuna, el fantasma tiene la conveniente habilidad de volver, y Lowery la pone a buen y aleccionador uso.


Como figura fantástica, el patetismo del alma en pena nos permite vernos reflejados en ella, una metáfora de nuestra propia añoranza por segundas oportunidades imposibles. Demuestra que quizá no es tan malo ser conscientes de nuestra inevitable mortalidad: la carencia de un significado para la vida no es una condena pesimista, sino señal de un espacio vacío, listo para ser llenado por nosotros mismos.


Lalo Ortega es editor web de Revista EMPIRE. Fue finalista del 2º Concurso de Crítica Cinematográfica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos, y cursó la Maestría en Arte Cinematográfico del Centro de Cultura Casa Lamm. Ha escrito sobre cine y televisión en medios como Paréntesis.com y Pijama Surf.

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