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  • Team Los Cabos Film Festival

Yo también tengo un secreto

Por Marcela Vargas Reynoso




Dayanara se cambia el vestido entre los arbustos. La cámara la mira desde lejos, le da su espacio pero comparte su secreto. Ella sonríe coqueta y se toma una selfie. Minutos después vuelve a cambiarse, esta vez con más prisa que cuidado. A la tela estampada de flores la sustituyen un pants gris y una playera roja: la ropa de Arturo, identidad con la que debe regresar a su casa. Dayanara y Arturo, protagonistas de Cosas que no hacemos (2020), son la misma persona.


En su segundo largometraje documental, el director mexicano Bruno Santamaría afina la que parece ser su marca personal: perfilar a personajes entrañables desde un conocimiento íntimo que solo puede darse a través de la confianza y el cariño. Así lo hizo con Margarita (2016), ópera prima en la que muestra la cotidianidad de una mujer indigente con quien guarda una amistad añeja, y así lo hace en esta película, donde tres años de convivencia con una comunidad le permitieron recuperar las historias de crecimiento de varios niños y niñas de El Roblito, un pueblo de 227 habitantes en el municipio de Tecuala, en Nayarit.


Durante casi todo el año, El Roblito parece habitado solamente por niños. Un País de Nunca Jamás sostenido por la pesca, en donde cada navidad un Santa Claus sobrevuela el pueblo para lanzar bolsas de dulces. El escenario enganchó al cineasta cuando buscaba inspiración para su siguiente película y se quedó a dar clases de video en la primaria de la localidad. Así fue como conoció a los personajes que aborda en su documental: pequeños residentes de un lugar abandonado por los adultos las 24 horas del día, los siete días de la semana. Santamaría y sus compañeras, Andrea Rabasa y Zita Erffa, hicieron ocho viajes al poblado nayarita para acompañar el crecimiento de estos niños y niñas que pronto se convirtieron en sus amigos.


Arturo, un adolescente que fungía un poco como su guía, era el Peter Pan de la situación, protegiendo a los niños y enseñándoles a jugar, bailar y disfrazarse para las fiestas locales. El chico salió del clóset como homosexual a los 12 años de edad y cuando conoció a Bruno Santamaría todavía no le revelaba a su familia que quería ser mujer. “Tuvimos una empatía muy fuerte porque compartíamos una especie de secreto frente a nuestros padres: yo tenía un novio del que ellos no sabían y él estaba viviendo un proceso de transformación de querer ser mujer, vestirse de mujer”, recuerda el director. Ese vínculo de complicidad convirtió a Arturo –y a Dayanara– en el eje de este documental.


En la secuencia más conmovedora de Cosas que no hacemos, Arturo pide permiso a sus padres para vestirse de mujer. La presencia de la cámara en un momento tan íntimo no es ni casualidad ni puesta en escena. Bruno Santamaría narra desde dentro de la familia; la cercanía con sus personajes le convirtió en miembro honorario de ese clan y su estancia en El Roblito influyó de alguna manera en ellos. “No hay forma de que no alteremos la realidad porque nos vinculamos con las personas para poder filmarlas, para conocerlas”, explica. “Hubo un proceso para conocer a Dayanara: hablar cientos de veces con ella, contarle mis sueños, que ella me contara los suyos”.


De manera similar a lo que sucedió en Margarita, aquí Santamaría se convierte en interlocutor y compañero de sus personajes. Corre con niños y niñas en el centro del pueblo y responde a sus preguntas sin escudarse tras la cámara. “Es importante filmar sin ocultar que estamos ahí, eso le da más libertad a las personas”, cuenta. “Si les pidiera que no miren a la cámara y que no hablen conmigo, estarían conscientes de esa barrera. Me gusta sentir que estamos filmando una interacción como ocurre en la vida”.


Con esa mirada sincera viene también la claridad de retratar a personas de carne y hueso que le regalan así sin más sus historias de vida. “Es importante siempre ser conscientes de esta relación que ocurre entre dos universos o dos realidades que se encuentran de pronto, con una cámara en medio. La película, el documental, es el registro de ese encuentro”, agrega el cineasta. “Hay un encuentro de soledades, de intenciones fuertes que tienen que ver con miedos, con dolores, con algo que uno siente en la vida”.


En el instante en que Arturo se sincera con su familia, su vulnerabilidad le abre la puerta a Dayanara para construirse a sí misma con valentía y madurez; para dejar su hogar y salir de El Roblito. “Me gusta pensar que el documental es una historia del paso a la madurez que representa a Dayanara y hay una imagen como que ella va a caballo y alrededor vienen estos niños y niñas que son el polvo del caballo”, menciona emocionado. “Y de pronto esta persona, que es la mayor, brinca una barda y una vez que ella lo hace y sale del pueblo a una realidad un poquito más dura, otro niño o niña se sube al caballo y le tocará vivir este proceso de otra manera”.


Cuando la cámara de Santamaría se despide de ella, Dayanara está trabajando en una tienda de ropa en una ciudad donde recibe insultos homofóbicos a diario. La escena muestra a México, el segundo lugar en asesinatos de personas trans en América Latina, como un país con una cultura machista, homofóbica y transfóbica completamente enraizada. La lucha de Dayanara por mantener su dignidad y orgullo en alto apenas está comenzando.


“Acabar la película con que salió del clóset como mujer y poner créditos finales con música bonita me parecía irresponsable. No bastaba con decírselo a los papás, ahora tiene que resistir y defender una vida entera porque el mundo es terrible en relación a la violencia con mujeres trans y hombres trans”, sentencia el realizador. “El final para mí es el principio de un viaje que va a requerir de mucha más valentía, de mucho más coraje”.


La historia de Arturo y Dayanara es de resiliencia y de crecimiento personal. Se respira la búsqueda de libertad en los planos abiertos de él y los niños jugando en el pueblo y entre los árboles de un manglar cercano. Se abraza el cariño y el respeto hacia ella en los primeros planos de sus momentos decisivos. En un país como este, Cosas que no hacemos es una invitación para combatir la desesperanza. Una mirada personalísima que, cautelosa, se acerca al espectador para decirle, como Arturo a Bruno cuando se conocieron: “Yo también tengo un secreto que me hace sentir muy sola y no se lo he compartido a nadie. Y lo quiero compartir contigo”.


Marcela Vargas es crítica de cine y periodista. Actualmente forma parte de la Unidad de Investigaciones Periodísticas de la UNAM y ha colaborado en medios como Gatopardo, México.com, Sector Cine y MVS Radio.

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